Durante unos pocos años, a comienzos del siglo XVI, tres de los artistas más célebres del Renacimiento trabajaron simultáneamente en Roma: Leonardo da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti y Rafael Sanzio. Es una de esas coincidencias que las generaciones posteriores han encontrado irresistibles y que, con frecuencia, se ha idealizado como una hermandad dorada de genios: tres titanes intercambiando ideas bajo el mismo cielo romano.

La realidad es más áspera y también más humana. No eran amigos, pero la relación entre cada uno de ellos fue distinta. Leonardo y Miguel Ángel ya se habían encontrado y enfrentado en Florencia; Rafael estudió atentamente a los dos maestros de la generación anterior; y Miguel Ángel llegó a considerar a Rafael un rival peligroso. La admiración y la influencia convivieron con la competencia, el resentimiento y algún insulto conservado en relatos posteriores. Ninguna fuente fiable documenta una reunión de los tres, pero eso no equivale a decir que no se conocieran o que nunca coincidieran entre sí.

Una ciudad construida para la rivalidad

Los papas prepararon el escenario. Julio II, el belicoso pontífice conocido como el papa guerrero, había convocado a destacados artistas para devolverle a Roma su antigua grandeza; su sucesor, León X, miembro de la familia Médici, mantuvo en circulación los encargos y el dinero. Donde existe tanto mecenazgo también surge una intensa competencia, y la corte pontificia se convirtió en una olla a presión de ambiciones. A finales de 1512, Miguel Ángel acababa de presentar al público la bóveda de la Capilla Sixtina, una tarea de cuatro años que había aceptado con reticencia y que lo dejó agotado y dolorido, como demuestra su propio poema satírico sobre la postura que debía adoptar para trabajar. A poca distancia, el joven Rafael pintaba los apartamentos papales, hoy conocidos como las Estancias de Rafael, y decoraba la villa junto al Tíber del banquero Agostino Chigi. Cuando Julio II murió a comienzos de 1513 y León X ocupó el trono pontificio, el panorama cambió. En septiembre de ese año llegó Leonardo, de sesenta y un años, acompañado por sus cuadernos y sus pinturas inconclusas, para instalarse en unas dependencias del Belvedere vaticano.

Durante un periodo de aproximadamente tres años, los tres trabajaron en la misma ciudad. Sin embargo, proximidad no significa amistad, y para comprender sus relaciones es necesario regresar a Florencia.

La antigua disputa: Leonardo y Miguel Ángel

La tensión entre Leonardo y Miguel Ángel ya venía de tiempo atrás cuando sus trayectorias volvieron a coincidir en Roma. Separados por veintitrés años de edad, poseían temperamentos e imágenes públicas muy diferentes. Leonardo cultivaba modales refinados y cortesanos y dirigía su curiosidad hacia cuestiones que iban mucho más allá de la pintura; Miguel Ángel era conocido por su franqueza, su carácter solitario y su feroz intensidad. Los testimonios cercanos a su época presentan sus encuentros como ásperos, aunque algunos de los detalles más pintorescos proceden de anécdotas recogidas posteriormente.

La fricción tiene un escenario documentado. El 25 de enero de 1504, Leonardo formó parte del comité florentino convocado para decidir dónde debía colocarse el monumental David de Miguel Ángel. Propuso instalarlo bajo la Logia de la Señoría. El registro conservado recoge su propuesta, pero no explica sus motivos; las versiones según las cuales pretendía proteger el mármol o esconder una obra maestra que envidiaba son interpretaciones posteriores. Por aquellos mismos años, la República de Florencia enfrentó a los dos artistas de una manera más directa al encargarles enormes escenas de batallas para el salón del consejo del Palazzo Vecchio: la Batalla de Anghiari, de Leonardo, y la Batalla de Cascina, de Miguel Ángel. Ninguno de los murales llegó a completarse, pero sus cartones preparatorios se convirtieron en una escuela para toda una generación de artistas, entre ellos el joven Rafael.

El episodio más vívido procede de un manuscrito florentino de la década de 1530 conocido como el Anónimo Gaddiano. Según el relato, un grupo de caballeros situado cerca de la iglesia de Santa Trinita discutía un pasaje de Dante y pidió a Leonardo, que pasaba por allí, que lo interpretara. Al ver que Miguel Ángel se acercaba, Leonardo les dijo que Miguel Ángel podía explicárselo. Este, convencido de que se estaban burlando de él, se volvió contra el artista de más edad y le arrojó a la cara su fracaso más famoso: haber diseñado para los Sforza de Milán un caballo de bronce que nunca pudo fundir y que terminó abandonando. Añadió que los crédulos milaneses habían sido unos necios por confiar en él. Después le dio la espalda y se marchó, dejando a Leonardo, según la crónica, con el rostro enrojecido.

Los intérpretes posteriores discrepan sobre la intención del comentario de Leonardo. Algunos lo consideran un gesto de auténtica cortesía, dado el profundo amor de Miguel Ángel por Dante; otros lo leen como una burla. El manuscrito es escueto y no resuelve la cuestión. Lo que sí queda claro es la herida a la que apuntó la respuesta de Miguel Ángel: el caballo que nunca llegó a realizarse, el gran proyecto inconcluso y la reputación de dejar obras sin terminar que acompañó a Leonardo.

Leonardo, por su parte, criticó en sus escritos el exceso anatómico en la pintura y comparó las figuras desmesuradamente musculosas con sacos de nueces. El pasaje suele interpretarse como un ataque velado contra los desnudos musculosos de Miguel Ángel, pero Leonardo no lo mencionó por nombre y, por tanto, no es posible establecer con certeza a quién iba dirigida la crítica.

Conviene hacer aquí una advertencia, porque el relato popular se adelanta a las pruebas. No existe una confesión privada que demuestre que ambos se odiaban. Lo que ha sobrevivido es un conjunto disperso de testimonios: la competencia florentina, la afirmación de Vasari de que existía un gran desdén entre ellos, la anécdota del Anónimo Gaddiano y la crítica de Leonardo a la musculatura exagerada, posiblemente relacionada con Miguel Ángel. El conjunto resulta persuasivo, pero las fuentes no permiten convertir cada desacuerdo en una enemistad documentada.

Guerra en el Vaticano: Miguel Ángel y Rafael

La rivalidad romana entre Miguel Ángel y Rafael está mejor documentada, aunque la prueba directa más clara revela, sobre todo, lo que pensaba Miguel Ángel. El arquitecto Bramante, originario como Rafael de la región de Urbino, promovió al joven pintor, mientras artistas como Sebastiano del Piombo se acercaron a Miguel Ángel. Estas alianzas eran cambiantes, pero el mecenazgo pontificio aumentaba enormemente el alcance de la disputa.

Miguel Ángel creía —y así lo expresó— que el otro grupo pretendía destruirlo. En una carta conservada culpó directamente a sus rivales por la interrupción de su querido proyecto para la tumba de Julio II. Escribió que toda la discordia entre el papa y él había nacido de la envidia de Bramante y Rafael, quienes habían conspirado para arruinarlo, y añadió una pulla que también era una fanfarronada: Rafael tenía buenos motivos para envidiarlo, porque todo lo que sabía de arte lo había aprendido de Miguel Ángel. Es uno de los pocos documentos en los que el desprecio del artista aparece escrito de su propio puño y resulta inequívoco.

La expresión visual más famosa de aquella rivalidad permanece en una pared del Vaticano. La escuela de Atenas, pintada por Rafael aproximadamente entre 1509 y 1511, reúne a los filósofos de la Antigüedad e incluye varios rostros tradicionalmente asociados con artistas contemporáneos. Suele afirmarse que Platón se parece a Leonardo y que Euclides tiene los rasgos de Bramante, aunque estas identificaciones no son aceptadas de forma unánime. Los Museos Vaticanos identifican al pensativo Heráclito del primer plano como un retrato de Miguel Ángel y al personaje situado en el extremo derecho como el propio Rafael. Heráclito no aparece en el cartón preparatorio conservado y fue incorporado al fresco en una etapa posterior. Según una historia procedente de Vasari, Rafael vio el techo de la Capilla Sixtina cuando todavía no estaba terminado y luego incluyó a su rival en La escuela de Atenas. Sigue abierta la discusión sobre si la figura constituye un homenaje, un gesto competitivo o ambas cosas.

La versión callejera de la rivalidad es más cómica y también más frágil como documento histórico. Una crónica cuenta que ambos se cruzaron cerca de la basílica de San Pedro. Rafael avanzaba elegantemente vestido y rodeado por numerosos discípulos y admiradores. Miguel Ángel, solitario como de costumbre, lo provocó: "Ahí va un capitán con su séquito". Rafael, según la historia, respondió que Miguel Ángel caminaba solo, como un verdugo. La escena resume a la perfección sus temperamentos opuestos —el cortesano y el ermitaño—, pero debe disfrutarse como una anécdota tradicional y no tomarse como la transcripción literal de una conversación.

La competencia llegó incluso a influir en los retablos. Hacia finales de 1516, el cardenal Giulio de' Medici encargó dos grandes pinturas: una a Rafael, que se convertiría en la Transfiguración, y otra a Sebastiano del Piombo, la Resurrección de Lázaro. Miguel Ángel proporcionó dibujos y consejos para las figuras de Sebastiano. Los encargos emparejados se transformaron, en la práctica, en una disputa indirecta entre Rafael y el círculo de Miguel Ángel.

El hechicero relegado

¿Y qué ocurría con Leonardo, instalado en el Belvedere mientras los artistas más jóvenes dominaban los grandes proyectos públicos de Roma? A los sesenta y un años ya era una leyenda, pero no recibió un encargo pontificio monumental comparable con los de sus colegas. Continuó sus investigaciones sobre anatomía, óptica, hidráulica y espejos, al mismo tiempo que perfeccionaba pinturas como la Mona Lisa y San Juan Bautista, obras que más adelante llevaría consigo a Francia.

Esa fama de dejar obras inconclusas reaparece en una historia contada por Vasari. Tras recibir un encargo de León X, Leonardo supuestamente comenzó a destilar aceites y hierbas para preparar el barniz antes de haber dado una sola pincelada. Se dice que el papa se quejó de que un hombre que pensaba en el final antes de comenzar nunca lograría terminar nada. La anécdota ilustra la reputación de Leonardo, aunque no puede considerarse la transcripción literal de las palabras del pontífice. Una nota de sus cuadernos de aquellos años —traducida a menudo como "Los Médici me crearon y los Médici me destruyeron"— ha sido interpretada con frecuencia como un veredicto amargo contra sus protectores, aunque su contexto y su juego de palabras hacen que el significado sea menos seguro de lo que sugiere esa traducción. En 1516, Leonardo aceptó una invitación de Francisco I, reunió sus cuadernos y pinturas y abandonó Italia para siempre. Murió en Francia en 1519.

Una reunión que no podemos documentar

Por mucho que se haya escrito sobre los tres genios de Roma, ninguna fuente fiable registra que Leonardo, Miguel Ángel y Rafael se reunieran en una ocasión determinada: no existe una cena, una visita a un taller ni una conversación entre los tres que esté documentada. La ausencia de un registro no demuestra que tal encuentro nunca ocurriera. Y, lo que es más importante, tampoco significa que fueran desconocidos. Leonardo y Miguel Ángel habían coincidido en Florencia; Rafael estudió la obra de ambos y se movía dentro del mismo mundo artístico; y Miguel Ángel mencionó explícitamente a Rafael como rival. La escuela de Atenas ofrece una poderosa unión simbólica: Rafael se incluyó a sí mismo y pintó un retrato reconocible de Miguel Ángel, mientras numerosos especialistas también ven los rasgos de Leonardo en Platón.

La conciencia que cada uno tenía de la presencia y la obra de los demás alimentó la presión creativa de aquella época: el estudio de la luz y la naturaleza de Leonardo, los cuerpos humanos monumentales de Miguel Ángel y la extraordinaria capacidad de Rafael para asimilar las enseñanzas de ambos maestros y transformarlas en algo nuevo. Pertenecían a tres generaciones distintas —Leonardo nació en 1452; Miguel Ángel, en 1475; Rafael, en 1483— y su coincidencia en Roma fue tan breve como deslumbrante. En menos de una década murieron Leonardo, en 1519, y Rafael, con solo treinta y siete años, en 1520. Miguel Ángel sobrevivió a ambos durante más de cuarenta años y continuó transformando el arte y la arquitectura hasta su muerte, en 1564.